sábado, 14 de abril de 2012

RELATO. ROMUALDO Y AZUCENA SU MADRE.












Cierto desconocido, caballero entrecano, de alguna vez en el camino encontrado de paso, me
sonrió de frente, lo que me ha extrañado pues, no tenía cuenta conocerle de algo:
La vengo observando su elegancia y garbo apesar de su edad y pelo tan blanco ......al ver mi
actitud, intentar de esquivarlo.... por favor no deseo confundirla ni nada que se le parezca, so-
lamente decirla que, me recuerda a mi madre hace poco fallecida y gozo al mirarla, ver en
Vd. su retrato; caminamos un buen trecho hablando de su madre y su muerte repentina por un
infarto; así charlando llegamos a una bifurcación de dos calles que nos llevan a nuestros respec-
tivos domicilios; su despedida fue grata , con mil perdones por su parte ante tanta benevolencia
por la mía al escucharle y mi sonrisa abierta de no dar inportancia a su posible insolencia al
pararme. Siguieron los días y en alguno de ellos que coincidíamos nos saludábamos, siempre
camino de nuestras casas, charlando de cosas banales y al mismo tiempo del recuerdo de su
madre viuda que él había cuidado con profundo amor. Hoy mi corazón llora, la tristeza llena
mi alma, resulta que, por una amiga me he enterado del fallecimiento de Romualdo, el caba-
llero desconocido, por accidente de tráfico hace unos días camino de Galicia a Santiago de
Compostela, donde tenía enterrada a su madre por ser de allí naturales.

A ROMUALDO Y AZUCENA, SU MADRE.

Amigo mío:
Tu marcha definitiva
me ha trastocado,
un perro me azuza
por tu fatal desenlace,
en improperios al viento
contra el tráfico reinante.

Azucena:

Te admiro por tu hijo
que, en mi te ha visto,
le añoro como amigo,
las gracias te doy señora
por prestármelo un pizquito
supliendo en momentos
el recuerdo del mío.


Leonor Rodríguez Rodríguez




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